HomeGeneralesTermina la fuga de Eusebio
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Recuperan de una tierra de labor de Castrojeriz los restos del alcalde represaliado Eusebio Muriel González, que huyó de un camión durante una saca rumbo a Estépar en septiembre del 36 y fue ejecutado a cuatro kilómetros de su casa

Los ‘buscadores’ tardaron dos días en dar con el lugar exacto de la fosa que ayer se abrió.
Los ‘buscadores’ tardaron dos días en dar con el lugar exacto de la
fosa que ayer se abrió.
Ángel Ayala
Á. M./ Burgos

A Eusebio Muriel González le eligieron alcalde los vecinos de Castrojeriz hace más de tres cuartos de siglo. Pertenecía a un Partido casi municipal llamado Bloque Obrero Campesino que era afín a la CNT. Nada más estallar la Guerra Civil fue hecho preso por los sublevados y llevado a la cárcel de Burgos, donde apenas tuvo tiempo de compartir desvelos con otros represaliados porque en la saca del 4 de septiembre del 36 le subieron a un camión rumbo a los campos de ejecución de Estépar. Tenía 33 años.
Quizás eso, su juventud, le ayudó a saltar del camión en marcha cuando estaban cerca de la fosa común arrebatada al campo que le esperaba aquella noche junto a la losa de tierra decidida a borrar su existencia. No saltó solo; otro hombre que viajaba en aquel convoy de la muerte también se fugó. Dividieron los rumbos y la suerte. Del segundo nada se sabe, pero sí trascendió que a Eusebio le dieron caza cuando se encontraba a cuatro kilómetros de su pueblo, al que regresaba con la probable intención de verse ayudado por los suyos. No llegó.
A aquella noche la siguieron 75 años de silencio, que no de olvido. Si una Guerra Civil se resume en ‘hermanos que matan a hermanos’, en un pueblo la máxima alcanza rango de axioma. Todos, o casi todos, sabían, saben y sabrán que Eusebio estaba enterrado en una tierra de labor conocida como el paraje de Tablín. Lo sabían porque sus ejecutores no tenían motivo para silenciar lo sucedido. Más incluso, lo predicaban para que cundiera el ejemplo. Lo sabían porque la conciencia no perdona y los años liberan los recuerdos y los ponen al servicio de los pueblos.

La meta de toda una vida

Dos de los cinco hijos del último alcalde de Castrojeriz elegido democráticamente hasta la Transición asistían ayer, junto a buena parte de los nietos de Eusebio, a la exhumación de sus restos. Pedro, de 81 años, y Julio, de 77, han vivido para cerrar un luto que ha caminado sobre dos siglos hasta verse satisfecho. Gracias a su irrenunciable tesón, a la financiación del Ministerio de la Presidencia y al trabajo de la Coordinadora Provincial de la Memoria Histórica de Burgos, liderada en este caso por el profesor universitario Juan Montero, encontraron a su padre y, tras someter los restos a las pertinentes pruebas forenses que determinen las circunstancias exactas, o al menos lo más exactas posible, en las que se produjo su muerte, podrán enterrarlo. Así todos descansarán en paz.
La parte forense no es baladí. Su mediación es crucial para conocer los métodos, las formas, la autoría... El cómo, en definitiva. En el caso de Eusebio tendrá que hablar la ciencia, pero lo hallado junto a su cuerpo permite trazar una posible secuencia de los hechos. Había perdigones y un proyectil de pistola junto a sus restos, por lo que bien podría haber sido alcanzado por un disparo de escopeta durante su huida y ejecutado una vez que las heridas no le permitieron dar un paso más. En cualquier caso, eso está por escribir.
Llegar hasta Eusebio no ha sido fácil. Primero fue el silencio impuesto por la represión de posguerra. Después una protodemocracia titubeante y una Transición con problemas mayúsculos de funcionamiento cotidiano. Solo en la última década se han incrementado los esfuerzos por arrebatar a las cunetas los restos de quienes fueron arrancados de sus vidas.
«En la Universidad de Burgos tenemos un proyecto para inventariar todas las fosas de la provincia. Tenemos ya unas 80, de las que 45 están exhumadas. Los restos de unas 900 personas han sido recuperados de ellas», explica Montero, que trabaja en la provincia de España, esta, en la que más fosas de represaliados se han abierto en todo el país. En su afán cuenta con la ayuda de estudiantes voluntarios de Historia que así entran en contacto con el testimonio real y con la antropología forense.
Entre otras cosas, ayer pudieron escuchar a Pedro y Julio y comprobar que la Memoria Histórica no ha nacido con el ‘zapaterismo’. Siempre estuvo ahí, contenida en el aliento del tiempo y esperando que, como ahora, los hijos pudieran enterrar a sus padres. Todos los hijos. A todos los padres.