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Mensajes de peregrinos que realizan el Camino de Santiago a su paso por Castrojeriz
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HERALDO DE SORIA

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Post by HERALDO DE SORIA » 09 Feb 2009, 22:36

El albergue Monte Irago en Foncebadón (León) es la única casa abierta en invierno en este pueblo, casi un desplobado.. Eduardo Margareto/Ical Las más Vistas Comentadas Votadas
La preocupación de muchos peregrinos que emprenden el Camino de Santiago este invierno no pasa sólo por superar las etapas con frío, lluvia y nieve; que este año se han convertido en habituales. También, a diario, tienen que medir muy bien la longitud de cada etapa para concluir la jornada en una localidad que cuente con un albergue abierto.
Se dan casos extremos como los de dos murcianos que comenzaron la peregrinación, a principios de enero de 2009, al otro lado de los Pirineos, en San Juan a Pie de Port. Decidieron recorrer en autobús un tramo de más de 160 kilómetros entre Burgos, Palencia y León, ante el temor de encontrar cerrado los albergues que se asientan en lugares emblemáticos en la ruta como Frómista, Villalcazar de Sirva o El Burgo Ranero. “No podemos pernoctar en pensiones, porque nos pasamos de presupuesto”, comenta Ginés, tras esta peripecia. De hecho, planificaron el viaje para gastar, cada uno, unos treinta euros diarios; “esto termina con la peregrinación en invierno y con la gente que, como nosotros, nos gusta hacerla de un tirón y no disponemos de grandes recursos económicos”, lamenta el santiaguista. Alejandro, su compañero, susurra una propuesta, “debiera de permanecer abierto un local para acoger peregrinos, al menos, cada veinte kilómetros”.
Otros se quejan por la falta de información. No sólo porque las guías tradiciones ofrecen datos válidos solo para el verano, en los albergues abiertos tampoco se colocan en lugares visibles anuncios en los que se indique “los que están de guardia” en esta época invernal, comenta otro caminante desde Villafranca Montes de Oca.
Este jacobita no salía de su asombro cuando comprobó, a mediados de enero pasado, que éste era el primer lugar donde podía pernoctar, desde que entró en Castilla y León. Encontró cerrados todos los albergues de Belorado y se quedó de un aire cuando la hospitalera que le acogía anunció que en, San Juan de Ortega, desde que murió el párroco José María Alonso, el albergue tampoco tiene quien lo atienda. Debió de elegir por caminar hasta Agés o dirigirse a Burgos, con lo que, en un día habría caminado 36 kilómetros.
Cerrojazo
Desde el pasado mes de noviembre, muchos albergues jacobeos echaron el cerrojo y no abrirán hasta la primavera. Ángel Luis Barreda, palentino y presidente de la Federación de Asociaciones del Camino de Santiago, lo reconoce: “la verdad es que dan ganas de poner el cartel de cerrado durante el invierno, no es nuevo, aunque siempre ha sido así”. Este dirigente jacobeo lamenta que, aunque cada vez existen más albergues, la mayoría privados, “no ha aumentado la oferta invernal, y muchos optan por cerrar, para no tener pérdidas”.
Desde la Junta, Manuel Fuentes, Comisionado para los Caminos de Santiago, considera que es un problema que padecen todas las comunidades, “pero se acentúa en Castilla y León por la cantidad de kilómetros que tenemos en la región”. Según señala, tras recoger los datos de los puntos donde hay albergues cerrado en inviernos, “estudiamos crear una red básica que deberá estar abierta todo el año”. Fuente reconoce que tendrán que apoyarse en congregaciones religiosas, asociaciones jacobeas y ayuntamientos y “ofrecerles un incentivo”, para que no cierren.
Son varios los empresarios que regenta hospitales de peregrinos y ofrecen la misma respuesta para esta clausura invernal, los gastos de calefacción y agua caliente son muy elevados y “apenas si recibes a dos peregrinos, al día; para nada es rentable” concluyen.
La mayoría de los albergues abiertos en estos meses fríos son propiedad de los ayuntamientos, de asociaciones de amigos del camino o los regentan religiosas. Tanto las monjas Carbajalas en León o las Hijas de la Caridad de San Vicente Paúl, en Carrión de los Condes, mantienen ese espíritu hospitalario durante todo el año. Estas últimas religiosas han habilitado un dormitorio con doce camas y tres duchas “no hace falta más espacio para atender la demanda invernal”, asegura Sor Aurora, que se encarga de atender a los peregrinos, “la verdad es que son pocos y el gasto que generan es muy superior a los beneficios, pero no estamos aquí para ganar dinero”, concluye esta religiosa.
Ovidio Campo, concejal de cultura en el ayuntamiento de Castrojeriz y veterano peregrino, advierte que, con el tiempo, en el Camino se va profesionalizado la atención a los caminantes, “porque van desapareciendo aquellos veteranos hospitaleros por vocación”, como José María Alonso, en San Juan de Ortega, y José Mariscal, en Carrión, que se jubiló. Para evitar este desamparo, desde hace dos años, en esta localidad burgalesa, el albergue Municipal de San Esteban se encuentra abierto los 365 días del año. Ante la imposibilidad de contar con hospitalero en esta época, “hemos colocado un cartel en la puerta del Hospital de peregrinos con un teléfono y varios vecinos se encargan de atender a quien pide pasar la noche”, concluye Campo.


Javier, un burgalés que comenzó en Roncesvalles, aún se siente indignado por los muchos lances que ha padecido, “lo de los albergues en invierno es para escribir una novela, te encuentras totalmente desamparado”, sentencia. Entonces cuenta que le pidieron 50 euros por dormir en El Burgo Ranero, “el albergue estaba cerrado, iba calado hasta los huesos, o dormía al raso o pagaba lo que me exigían en una pensión”, concluye. No es una novedad, en el Medievo fueron los mesones los mayores enemigos de los romeros a Compostela. Siempre se ha dicho que “prometían todo lo bueno y daban todo lo malo”.
Hospitalarios
Martín, un peregrino francés que supera los setenta años, sin embargo, prefiere evocar los momentos de solidaridad. De su paso por la localidad burgalesa de Hontanas, “famosa por su agua”; recuerda la atención que le dispensó la hospitalera del albergue municipal. Ni tan siquiera conoce su nombre, pero.... “llegué cansado y había llovido todo el día. La señora me abrió el local, encendió la calefacción y hasta me preparó la comida, ¡una maravilla!”.
Esperanza también enciende, a diario, la chimenea a los peregrinos que pernoctan en el albergue de Nuestra Señora del Pilar, en Rabanal del Camino, “lo agradecen, porque, enseguida entran en calor”. Esta mujer, y su hija Isabel, son ya unas veteranas de la hospitalidad jacobea. Llevan más de dos décadas atendiendo a los andorreros. Comenzó la progenitora de forma casual y ahora, Isabel, lleva las riendas del negocio.


En los años ochenta volvieron a aparecer por el pueblo, con asiduidad, sobre todo, peregrinos franceses y alemanes, y en esta localidad maragata no encontraban donde dormir, “nosotros, como teníamos sitio en casa, decidimos acogerlos”, desvela Esperanza. Ahora tienen preparado el establecimiento para recibir a más de sesenta personas, a diario.


En esta época de frío apenas si recalan tres o cuatro personas cada jornada, pero “no cerramos en todo el año”, afirma, orgullosa la madre, “en eso radica la hospitalidad jacobea, ¿verdad?”. Hasta en Navidades comparten mesa con los peregrinos. “¡Cómo los vas a dejar solos!”, se escandaliza esta mujer de ojos claros y mirada afable. Recuerda que este año tuvo que cenar, en Nochebuena, en el hospital de León, porque su esposo se encontraba hospitalizado, “pero les dejamos a los peregrinos una cazuela de pescado guisado y unas bandejas de embutidos, no podíamos abandonar la tradición, si lo hemos hecho todos los años”.


Carmen Calvo, estudiante de Periodismo, es el primer invierno que pasa como hospitalera voluntaria en Foncebadón. El albergue Monte Irago es la única casa abierta en invierno en este pueblo, casi un despoblado, sombrío, aislado por la nieve y donde parece que se esconden fantasmas de mil años, entre sus calles. Las cinco personas que atienden el establecimiento reciben con música ambiental al caminante. Como en Rabanal, el un amplio salón lo preside una inmensa chimenea de leña. “También hemos dejado unas guitarras por si algún grupo quiere cantar durante la velada”. En estos meses, la cena que ofrecen es un reconstituyente para los peregrinos, “fundamentalmente, una sopa bien caliente, o una buena paella de arroz”, comenta Carmen, “aunque, si no son muchos, les preguntamos qué quieren comer”. No acaban aquí las atenciones, disponen de una pequeña tienda de ultramarinos, ofrecen un menú vegetariano y hasta preparan tortilla de patatas. Un lujo en un despoblado a 1.300 metros de altitud donde no se ha perdido la hospitalidad jacobea

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