HomeCulturaUna del efecto mariposa
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Cuando el suelo tiembla en Portugal, Castilla se agita. Así ocurrió en el siglo XVIII con el terremoto que asoló la capital lusa y, de paso, acabó con el patrimonio de unos cuantos pueblos españoles

Castillo de Castrojeriz

El epicentro. El 1 de noviembre de 1755, algo se agitó en el fondo del Océano Atlántico y Lisboa murió. Primero, un poderoso terremoto quebró el suelo. Luego, una ola gigante arrasó todo lo que osó ponerse a su paso. Finalmente, un gran incendio se cebó con lo poco que quedaba en pie de la capital lusa. Los destrozos se contaron por millones y los muertos, por miles. Las cúpulas de las iglesias se desgajaron y cayeron sobre los fieles que, en esos momentos, a las nueve y pico de la mañana, se encontraban celebrando la misa del día de Todos los Santos. Los temblores duraron seis minutos, los tsunamis se sucedieron uno tras otro, y la anchura de las grietas en las calles se medía en metros. Los geólogos calculan que el temblor alcanzó un 9 en la escala de Ritcher, de ahí que cerca de un tercio de la población lisboeta (unos 275.000 habitantes) perdiera la vida. Los incendios se prolongaron durante seis días y el suelo no dejó de temblar hasta casi un año después. Tras la catástrofe, el 90% de la ciudad se convirtió en un cúmulo de escombros y piedras sin dueño sobre el que no tardó en crecer un bosque de vegetación descontrolada. Todo el esplendor de siglos, todas las rentas obtenidas de las exitosas rutas comerciales con las Indias pasaron a mejor vida. Lisboa era una ciudad muerta que había que reconstruir, prácticamente, desde cero. Dos siglos y pico después de aquello, la iglesia Nossa Señora de Monte do Carmo, en el corazón del barrio de Chiado sigue en ruinas, sin techumbre, ni cúpulas: sólo muros, vidrieras y puertas que conducen a la nada. Aunque hubo intentos de recuperar este edificio gótico, la escasez de medios -y no el romanticismo- propició que permaneciera así hasta nuestros días.

Las consecuencias. Cuando Lisboa murió, el burgalés Castrojeriz tembló. Pero no lo hizo por miedo o pena, sino por los efectos del terremoto. Lo mismo ocurrió en toda la Península Ibérica y el Norte de África, pero aquí, en este pueblo orillado junto al Camino de Santiago y distanciado 700 kilómetros de la capital lusa, la sacudida arrampló con el castillo que, antaño, protegió la localidad. Poco importaba que sus cimientos se hundieran en épocas romanas o que el resto de la localidad permaneciera incólume al temblor: el destino quiso que fuera la fortaleza la que se vino abajo, como así fue, dejando para la posteridad unos cuantos muretes ruinosos.

Las grietas. En Salamanca, mientras tanto, la catástrofe de Lisboa trajo consigo un puñado de quebraderos de cabeza para canteros y arquitectos: el seísmo dejó más que maltrecho el claustro, la cúpula de la Catedral Nueva y la torre del Campanario, por lo que hubo que meter mano para que el monumento no se deshiciera como un castillo de naipes. Primero, se desmontó el cimborrio para volver a ser reedificado. Luego, la torre que amenazaba ruina. Como si se tratara de un Frankenstein de piedra y hierro, a ésta se le aplicaron unas cadenas de sutura y, luego, se forró con una nueva capa de piedras que, todavía, puede verse. Para recordar los tejemanejes del terremoto de Lisboa se instituyó la celebración del Mariquelo, consistente en ascender a la torre los 31 de octubre y así pedir al Altísimo que nunca más ocurriera una desgracia semejante.

Fuente: www.diariovasco.com

Enlace: http://www.diariovasco.com/20080822/gente/efecto-mariposa-20080822.html